Si lo que busca en el cine es sobre todo entretenimiento, lo más seguro es que la película épica «Napoleón» (2023) del acreditado y admirado director Ridley Scott sea de su agrado. Incluso, si le molesta la falta de rigor histórico puede encontrarle cierto atractivo por su inusuales efectos escénicos y llegar a pensar que no tiró 158 minutos de su tiempo y los 10 euros de la entrada. Pero también le puede ocurrir que abandone el cine pensando que le han dado gato por liebre, pese a reconocer su sobresaliente tramoya.
En cualquier caso, en lo que casi todos estaremos de acuerdo es en que el corso Napoleone di Buonaparte (1769-1821), este era el nombre con el que firmó hasta la edad adulta, no fue un individuo ridículo. Sin embargo, es lo que nos transmite el protagonista de la película, el puertorriqueño Joaquín Phoenix, al que recordamos, entre otras, por interpretar en «Gladiador» (2000) ―también dirigida por Scott― al excéntrico y «populista» emperador romano Cómodo. En ella, el actor principal, Russell Crowe, encarna el papel de un imaginario general hispano al servicio del ejército del Imperio romano, inspirado en un libro sobre gladiadores («Those about to die») y que, hasta donde sé, nunca se ha traducido al español. Lógicamente, como se trata de una ficción, aunque ambientada en un momento histórico con personajes que existieron, su trama admite muchos grados de libertad.
El caso de «Napoleón» es diferente. Estamos ante una figura histórica sobre la que existe abundantísima bibliografía, documentos y objetos de todo tipo. Pero dado que vamos al cine en busca de la magia de la gran pantalla, nadie espera una obra de una pulcritud académica incuestionable. Por lo que aceptamos que, para que esa magia tenga lugar, haya que adaptar ciertos sucedidos, algo distinto a reinventados o fantaseados, u omitir datos relevantes que desfiguren lo establecido por la historiografía.
El film de Scott para nada da cuenta de que Napoleón Bonaparte, que gobernó Francia entre 1799 y 1814 (un lapso parecido al de González o Merkel), fue el impulsor tanto de importantes reformas administrativas como del Código civil francés (o Código napoleónico) que, con las actualizaciones de rigor, aún está vigente y sirvió de modelo a los legisladores de muchos países, incluido el nuestro, así como al de numerosas repúblicas sudamericanas.
Desde 2004, la Fondation Napoléon ha sacado a la luz las más de 40.000 cartas que rubricó el propio Napoleón, el de verdad, no el de la película. Documentos que ha sabido aprovechar Andrew Roberts en su bien documentada obra «Napoleón: Una vida» (2014). En esta nos cuenta que, durante su destierro en Santa Helena, escribió lo siguiente: «Mi verdadera gloria no consiste en haber vencido en 40 batallas… lo que nada podrá destruir, lo que vivirá para siempre, es mi Código Civil» (pág. 260).
La película tampoco se para en el hecho de que los adolescentes siguen estudiando su Bachillerato ―dentro y fuera de Francia― en los «liceos» que creó. Y que, a diferencia de lo que sucede con la enseñanza en España, constituyen un importante elemento vertebrador del país vecino. Asimismo, ignora ―como lo hacen muchos historiadores― el paso de gigante que dio la medicina y su enseñanza en los «Hospitales de París», virtud que generó la necesidad de atender de manera más eficaz a los numerosos heridos de guerra.
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