
La Unión Europea, y España en particular, se enfrentan a numerosos problemas relacionados con la defensa, con la competición tecnológica y, en definitiva, con todo lo que implica el nuevo escenario de competición internacional. Ahora bien, a pesar de que los factores externos añadan presión al sistema, los verdaderos problemas son de índole interna, comenzando por la incapacidad de generar élites capaces de dirigir el cambio, en un momento en el que además la mayor parte de los perfiles en los gobiernos y en los niveles más altos de la Administración son políticos y no técnicos.
Este es uno de esos escritos que uno nunca quiere hacer (odio, por encima de todo, hablar de política), pero que al final resulta obligado publicar, máxime en vista de los mensajes que nos han ido llegando a través de las Redes Sociales o del correo electrónico, a raíz de varios artículos y podcast recientes. Considérese por tanto una excepción escrita a vuelapluma, muy informal y destinada a responder lo mejor posible a las preguntas de los lectores.
En concreto, más de un lector se ha sorprendido por la afirmación, hecha en el podcast de Global Strategy titulado «¿Está preparada Europa para una guerra?» en el que quien escribe participó junto a Beatriz Cózar Murillo y Javier Jordán, referente a que el problema de la UE no es militar, sino político. Más exactamente, quien escribe decía:
«El déficit más importante que tiene ahora mismo la Unión Europea en cuestión de defensa es puramente político. No hay verdadera conciencia del problema al que nos enfrentamos e, incluso donde parece que hay conciencia (en parte de las Instituciones Europeas; en parte de los Estados miembros, etcétera) realmente estamos hablando de personas que tienen un conocimiento ínfimo del sector; que no tienen la base, y entonces se ciñen a un discurso político que al final lo que provoca son falacias circulares; tienen una aproximación ideológica al problema y creen que hay que invertir más en defensa porque eso es bueno, porque eso garantiza seguridad, pero no se pasa de ahí. El nivel de análisis además, generalmente, se suele quedar en el sentimiento. […] Hay que invertir más en defensa porque eso es bueno y hay que invertir más en defensa porque Rusia es mala, pero brilla por su ausencia el análisis técnico y ese es un déficit que superamos de una forma u otra mediante el conocimiento experto, o nos va a llevar por delante».
Una exposición de la que, una vez leída y releída, no cambiaría una coma. Exposición que, además, es aplicable tanto a la UE en su conjunto, como a varios de sus Estados miembros, si bien el grado de penetración del discurso político es menor en unos que en otros, lo que nos lleva a un problema de fondo: la incapacidad de generar verdaderas élites y la progresiva erosión de la democracia representativa, sustituida gradualmente por democracias de corte popular cada vez más acusado, con todas sus problemáticas, que rara vez se explican a los votantes y que merecen al menos un par de frases.
España (en este caso utilizaré nuestro país como ejemplo, por ser el más cercano) ha ido evolucionando en los últimos años desde la tecnocracia de las últimas etapas de la dictadura -que a pesar de todos los problemas intrínsecos al régimen (corrupción, personalismo, represión…) supo aprovechar las condiciones favorables, para promover el crecimiento económico y el auge de una clase media cada vez más pujante- a una serie de Gobiernos de corte crecientemente político y, por lo tanto, menos técnico. Un fenómeno que ha ido en buena medida de la mano del desarrollo de medios técnicos, como Internet, que han permitido una creciente participación ciudadana en la vida política, en muchos casos directa, erosionando los principios de la democracia representativa.
Explicado sucintamente, el hecho de que ahora todos podamos tomar parte -por ejemplo a través de las Redes Sociales-, del debate político; el que los mensajes lanzados desde los partidos lleguen inmediatamente y sin filtro a los posibles votantes, permitiendo recolectar reacciones en tiempo real; el que ofrezcan un altavoz sin parangón a aquellos dispuestos a lanzar los mensajes más atractivos y «virales» (pero no por ello, adecuados), etc, ha transformado por completo la vida política y el funcionamiento del sistema. Este es un proceso en marcha que es difícil decir hacia dónde puede llevarnos (cuesta pensar, a pesar de las similitudes, es escenarios tan tétricos como los de los años 20 y 30 del siglo pasado) que, en cualquier caso, está descapitalizando tanto al Gobierno como a la Administración pública.
En el primer caso, los partidos políticos actuales a poco que se analicen los perfiles de muchos de sus integrantes, tienen muy poco de técnicos. Son muchos los jóvenes que, a través de las «juventudes» de unos y otros partidos, apenas han hecho más carrera que la política, independientemente de los títulos que puedan tener. La ausencia de experiencia laboral en el sector privado y la desconexión respecto de la realidad en muchos de ellos, es una constante.
En el segundo caso, si se hace un repaso de los niveles más altos de la Administración, se verá cómo progresivamente los funcionarios de carrera de larga trayectoria, aquellos que debieron superar no sólo una dura oposición para acceder a una plaza, sino sucesivas pruebas hasta alcanzar los niveles 28, 29 o 30 han ido quedando desplazados en función de cargos políticos; lo que se denomina «de confianza». En demasiadas ocasiones personajillos sin la experiencia adecuada, pero fieles al poder, que es en estos tiempos la característica más buscada por los decisores políticos.
Entre los efectos de lo anterior, cabe destacar dos:
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